Cuando el alma aparece en la Jornada 1
(image via Ricky Vega)
Hay noches que no explican una temporada entera. Pero hay noches que sí revelan el alma de un equipo.
El sábado fue una de esas noches.
Bajo un cielo despejado y 70 grados sobre Houston, con 20,068 almas en el Shell Energy Stadium, el telón de la MLS 2026 se levantó entre un murmullo de ilusión y una pregunta incómoda flotando en el ambiente: ¿este proyecto realmente es diferente al de 2025?
La respuesta tardó un tiempo en llegar. Pero llegó.
El primer tiempo, con acordes ya escuchados
El Dynamo salió al campo con la misma presión de siempre: la de demostrar que algo ha cambiado. Y en los primeros 45 minutos, esa presión se sintió.
Enfrente estaba el Chicago Fire FC, siempre incómodo, ordenado, intenso, rápido para detectar debilidades. Y vaya que las detectó. Chicago tomó el control de la pelota, atacó sistemáticamente el costado derecho de Houston y encontró los espacios que el equipo naranja aún debe aprender a cerrar.
El minuto 18 fue una advertencia escrita con fuego: Jonathan Bond se interpuso ante un disparo a quemarropa con el rostro. No con las manos. Con el rostro. La hinchada contuvo el aliento.
Trece minutos después, el aviso se convirtió en realidad. Un pase atrás fallido de Mateusz Bogusz quedó corto, como si el destino hubiera decidido cobrar la deuda antes de tiempo. Hugo Cuypers no perdonó: frialdad, definición, 0-1.
Houston terminó la primera mitad sin un solo remate al arco. Y la sensación conocida —esa sensación incómoda que persiguió al equipo durante todo 2025— volvió a rondar los pasillos del estadio.
El segundo tiempo que rompió el eco
Pero el fútbol tiene la costumbre de sorprender a quienes se quedan.
El Dynamo volvió del vestuario con otra cara. Adelantó líneas, presionó más alto y comenzó a jugar donde tenía que jugar: en campo rival. Jack McGlynn tomó el control del ritmo desde atrás, organizando, conectando, dictando el tempo con la autoridad de alguien que sabe exactamente lo que quiere.
Y en el minuto 67, una sola acción cambió la noche.
McGlynn filtró un pase milimétrico entre los centrales de Chicago. Guilherme leyó el movimiento antes de que existiera, atacó el espacio con convicción y definió cruzado con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Empate. La hinchada estalló. La pregunta incómoda empezó a disolverse en el aire.
Houston no se conformó. Nunca se conformó.
Al minuto 78, un disparo de Ponce fue contenido por Chris Brady, pero el rebote no encontró a nadie de Chicago. Encontró a Guilherme. El brasileño apareció otra vez en el lugar exacto, en el momento exacto, y marcó el 2-1 con una frialdad que solo tienen quienes saben leer el juego de verdad.
Doblete en su debut oficial. Bienvenido al Dynamo, bienvenido a la locura naranja.
Lo que los números dicen, y lo que no pueden decir
El Dynamo terminó el partido con 10 remates frente a los 6 de Chicago. El costado derecho sigue siendo una deuda pendiente, y sería ingenuo ignorarlo. En una temporada de 34 jornadas, esas grietas se explotan.
Pero hay algo que los números no terminan de capturar, y es lo más importante de la noche.
En 2025, el Houston Dynamo no ganó ningún partido en el que fue al descanso perdiendo. Ninguno. Este sábado, fue al descanso perdiendo… y ganó.
Eso no es un dato menor. Eso es carácter.
No fue un partido perfecto. Ningún primer partido lo es. Pero fue una declaración, una de esas que no se olvidan fácilmente ni en la cabina técnica rival ni en los vestuarios propios.
Este equipo tiene garra. Tiene calidad. Tiene, sobre todo, personalidad.
Y en una temporada larga, llena de noches exigentes y decisiones difíciles, esas señales pueden ser exactamente la diferencia entre lo que fue y lo que puede llegar a ser.

