Cuando el partido pidió resignación, Houston eligió otra cosa
(image via Aldo Canale)
No todos los partidos se ganan jugando bien. Algunos se ganan insistiendo. Algunos se ganan sobreviviendo a sus propias imperfecciones. Y algunos, como el 3-2 del Houston Dynamo sobre Portland, se ganan negándose a aceptar cada invitación que el juego pone para rendirse un poco.
Porque este partido ofreció varias.
Ofreció la de irse al descanso perdiendo, después de que Jonathan Bond atajara un penal y, aun así, el rebote terminara dentro. Ofreció la de ver cómo el empate de Guilherme y el golazo de Felipe Andrade parecían encaminar la noche, solo para que Portland respondiera casi de inmediato. Ofreció la de quedarse con diez hombres en el tramo final, cuando la lógica ya empezaba a sugerir que el empate era suficiente castigo y suficiente premio al mismo tiempo.
Y, sin embargo, Houston siguió ahí.
No fue una actuación redonda. Sería exagerado decirlo. Bond, por ejemplo, volvió a dejar dudas con los pies, aunque con las manos sostuvo al equipo en momentos importantes. Héctor Herrera entró para ordenar el partido, pero su impacto fue menor del que se esperaría de un futbolista de su jerarquía. Y McGlynn, que vuelve a dejar trazos de muchísima calidad, sigue pareciendo un jugador al que el equipo podría acercar más al área para exprimir mejor su lectura y su pase.
Pero justamente por eso esta victoria tiene algo valioso. Porque no nació de la perfección. Nació de una convicción.
Guilherme volvió a ser el rostro de esa energía que no se negocia. Marcó, recorrió, presionó y compitió como si el partido le perteneciera también en los metros donde no había balón. Andrade firmó su primer gol con el club y además respondió en una noche que pedía personalidad. Holmes hizo un trabajo defensivo enorme, incluso desde un rol que no necesariamente es el que mejor le queda. Y Resch entró muy bien, entendiendo de inmediato que el cierre del partido no iba a requerir brillo, sino temple.
Y luego estuvo Bogusz.
Para mí, el MVP sale de ahí. No solo por el gol del 3-2, aunque ese remate en el 90+15 ya lo pone en cualquier conversación. Lo fue porque su partido tuvo peso real en la noche: participó en el empate, apareció cuando Houston necesitaba claridad y terminó siendo el futbolista que entendió mejor que el partido todavía no estaba cerrado, ni siquiera con diez hombres y con el tiempo ya desbordado.
Eso, en el fondo, es lo que deja esta victoria.
No que Houston haya controlado el caos. Más bien lo contrario. Que supo vivir dentro de él sin desaparecer. Y en una temporada larga, donde no siempre vas a ganar desde el orden, también hay algo poderoso en descubrir que este equipo sabe competir cuando el partido se vuelve feo, nervioso y emocional.
A veces el carácter no aparece en la comodidad.
A veces aparece cuando el partido te pide resignación, y tú eliges otra cosa.

