Houston Dynamo, una película repetida: derrota, confusión y un equipo que todavía no sabe quién es
(image via Houston Dynamo FC)
La escena dura cinco minutos.
Todavía hay hinchas acomodándose frente al televisor. Todavía hay quien recién sirve el café o termina de abrir una cerveza. Todavía el partido parece tener tiempo.
Y entonces, otra vez.
Un pase profundo, una marca perdida, una defensa que mira más de lo que corre. Kosi Thompson entra solo y define. Minuto 5. Gol de Colorado.
En ese instante, en la altura de Commerce City, el partido ya empezó a parecerse demasiado a tantos otros. El Houston Dynamo volvió a ser ese equipo que tarda en entrar a los partidos, que se desordena cuando recibe el primer golpe y que parece no tener demasiado claro cómo responder.
Doce minutos más tarde llegó el segundo. Josh Atencio puso el 2-0 al 17’ y la sensación fue todavía peor que el resultado. Porque Colorado no estaba ganando solamente por contundencia: estaba pasando por arriba al Dynamo.
El 6-2 final frente a Colorado Rapids no fue simplemente una derrota abultada. Fue una radiografía brutal de un problema que ya lleva demasiado tiempo. Un equipo sin identidad, sin estructura defensiva, sin una idea reconocible de juego. Un equipo que, después de siete fechas, sigue pareciendo un experimento.
Un año y medio de parches
Es tentador mirar esta noche y decir que fue una excepción. Que la altura, que la visita, que los goles tempranos, que los jugadores nuevos.
Pero no.
Lo preocupante es justamente lo contrario: que nada de lo que pasó el sábado parece nuevo.
Hace un año y medio que Houston vive tratando de tapar grietas sin entender de dónde viene el derrumbe. Se compra por comprar. Se vende por vender. Llegan nombres, se cambian esquemas, se prueba una pieza nueva cada semana, pero nunca aparece una idea.
La temporada pasada dejó la sensación de que el problema podía explicarse por la salida de aquella columna vertebral que alguna vez le dio cierta identidad al equipo. Parecía un año de transición. Uno malo, sí, pero pasajero.
Sin embargo, empezó una nueva temporada, llegaron nombres interesantes, hubo una pretemporada que invitaba a ilusionarse, y siete partidos después Houston sigue jugando exactamente igual: mal.
No porque pierda. Porque no se entiende a qué juega.
El extraño invento de la línea de cinco
Ben Olsen volvió a insistir con esa mezcla extraña entre línea de tres y línea de cinco. Sobre el papel, la idea parecía buscar más solidez. En la cancha, produjo exactamente lo contrario.
Nunca quedó claro quién debía defender.
Los laterales quedaron constantemente expuestos. Los extremos retrocedieron tarde o directamente perdieron la marca. Los centrales tuvieron que salir demasiado lejos y el equipo se rompió en dos cada vez que Colorado aceleró.
El primer gol nace de una desatención. El segundo, de un equipo partido. El tercero, otra vez de Thompson al 53’, termina de desnudar una defensa que no coordina movimientos, que duda y que siempre llega tarde.
Houston tuvo 20 remates y la misma cantidad de tiros al arco que Colorado, ocho. Incluso generó cuatro o cinco situaciones muy claras. Pero los números engañan.
Colorado fue un equipo. Houston fue una suma de futbolistas.
Los cerebros no alcanzan
Hay jugadores que muestran destellos. Jack McGlynn y Artur, cuando están, tienen pausa y criterio. Esta vez, Guilherme fue probablemente el único que entendió la gravedad del momento. Marcó un gol, generó peligro y fue el único que pareció jugar con algo de rebeldía. Ben Olsen lo reconoció después del partido:
“Guilherme estuvo en todos lados y fue un gran punto positivo esta noche. Es un placer verlo, no tiene miedo y juega de la manera correcta.”
Pero ningún equipo puede depender solamente de uno o dos futbolistas pensantes.
Houston necesita una estructura que acompañe a esos jugadores. Necesita movimientos coordinados, automatismos, algo reconocible.
Hoy no tiene nada de eso.
Y arriba aparece otro problema: el gol.
Ezequiel Ponce volvió a dejar la sensación de ser un delantero atrapado en una sequía interminable. Un 9 con la pólvora mojada. El Dynamo genera, pero define mal. O define tarde. O define sin convicción.
Erik Sviatchenko lo resumió con honestidad después del partido:
“Recibir seis goles es una vergüenza para todos.”
Y tiene razón.
Porque se puede fallar adelante. Se puede tener una mala noche. Lo que no se puede hacer es recibir seis goles y seguir hablando solamente de las ocasiones desperdiciadas.
¿Hasta dónde llega la responsabilidad de Olsen?
A esta altura, ya no alcanza con señalar a los jugadores.
Sí, hay errores individuales. Sí, hay marcas perdidas, malas decisiones y rendimientos bajísimos. Pero cuando un equipo repite los mismos errores durante un año y medio, el problema deja de ser individual.
También es del entrenador.
Ben Olsen fue autocrítico. Dijo que la responsabilidad por el mal arranque era suya, que la tensión en los partidos de visitante “no es lo suficientemente buena” y que eso es algo que deben corregir rápido. Admitió que los partidos fuera de casa “han sido muy pobres” y “algo inaceptable”, y también reconoció que el equipo todavía está tratando de encontrar su identidad.
Pero el torneo ya empezó.
Van siete fechas.
Y el problema no es que Houston todavía no encontró su identidad. El problema es que hace demasiado tiempo que parece buscarla sin saber dónde.
Lo que tiene que cambiar
Houston no está fuera de todo. Sería exagerado decirlo en abril.
Queda mucho campeonato.
Pero también queda poco margen para seguir improvisando.
El Dynamo necesita simplificar. Volver a una estructura defensiva clara. Elegir un sistema y sostenerlo. Definir quiénes juegan y en qué posición. Dejar de cambiar piezas cada semana como si el problema fuera únicamente de nombres.
Porque no lo es.
Houston no necesita comprar más, ni vender más, ni inventar otro esquema extraño.
Necesita una idea.
Una de verdad.
Porque lo del sábado en Colorado no fue una derrota aislada.
Fue una película repetida.
Y a esta altura, todos ya conocen el final.

